Hay sesiones que nos dejan tocados. Llega un cliente, empieza a hablar y algo dentro de nosotros se mueve. A veces notamos distancia. Otras veces aparece una opinión que no queríamos tener. O terminamos la sesión agotados sin saber muy bien por qué.
Durante años creí que eso era un fallo profesional. Que un buen terapeuta tenía que mantenerse neutral, limpio, equilibrado. Con el tiempo entendí que el rechazo, el juicio y el cansancio no son errores. Son información.
El terapeuta también tiene sistema. También tiene historia. Y cuando acompañamos a otros, esas historias se tocan. Reconocerlo cambia por completo la forma de trabajar.
El terapeuta también forma parte del campo
Cada vez que nos sentamos frente a un cliente, llevamos con nosotros nuestra propia familia, nuestras heridas, nuestros temas pendientes. No llegamos en blanco. Y eso es una realidad.
Cuando aparece rechazo hacia lo que el cliente cuenta, cuando surge un juicio silencioso, cuando notamos un cansancio que no teníamos al empezar la sesión, algo del campo nos está hablando. Ese algo puede pertenecer al sistema del cliente. O puede pertenecer al nuestro.
El terapeuta que sabe escucharse a sí mismo durante la sesión trabaja desde un lugar mucho más honesto. No se trata de eliminar estas experiencias, sino de reconocerlas a tiempo.
El rechazo: cuando algo nos empuja a apartarnos
El rechazo aparece de maneras sutiles. Una incomodidad que hace que queramos cambiar de tema. Una dificultad para sostener la escena. Un deseo silencioso de que la sesión acabe pronto.
He tenido sesiones en las que sentí ganas de apartar la mirada del muñeco que representaba a una figura concreta. Al principio me lo reprochaba. Con el tiempo aprendí a mirarlo como lo que era: un dato del campo.
A veces el rechazo es información sistémica. El cliente está trayendo una dinámica de exclusión en su familia y nosotros la sentimos porque el campo la refleja. Cuando eso ocurre, nombrarla dentro de la escena suele relajar la tensión.
Otras veces el rechazo es nuestro. Hay algo en la historia del cliente que toca una fibra propia que todavía no está resuelta. Ahí el camino es otro: supervisión y trabajo personal.
Distinguir entre ambos no siempre es fácil. La pista más clara es la repetición. Si ese mismo rechazo aparece con clientes distintos ante temas parecidos, probablemente estamos tocando algo nuestro.
El juicio: cuando dejamos de acompañar y empezamos a evaluar
El juicio es quizás la experiencia más incómoda que atravesamos como terapeutas. Aparece como una voz interna que dice cosas como:
«No entiendo cómo ha permitido esto.»
«Yo habría hecho otra cosa.»
«Esto no tiene ningún sentido.»
Cuando el juicio se instala, dejamos de observar y empezamos a evaluar. La escena se cierra. Las preguntas cambian de tono. El cliente lo percibe, aunque no lo verbalice.
Lo más honesto que podemos hacer con el juicio es reconocerlo en el momento en que aparece. No luchar contra él. No fingir que no está. Simplemente verlo y preguntarnos de dónde viene.
En muchas ocasiones, el juicio habla de nuestro propio sistema. De valores familiares heredados. De heridas no miradas. De expectativas sobre cómo se debería vivir una determinada situación.
La supervisión es el espacio natural para trabajar los juicios recurrentes. Compartirlos con alguien que nos pueda devolver una mirada externa nos permite separar lo que corresponde a nuestra historia de lo que corresponde a la del cliente.
Una secuencia práctica cuando aparece el juicio
Cuando notamos que el juicio se cuela en la sesión, podemos aplicar un movimiento interno muy sencillo.
Primero, reconocerlo tal como ha llegado. Sin maquillarlo. Sin justificarlo.
Segundo, respirar y volver al cuerpo. Sentir los pies en el suelo. Aflojar los hombros.
Tercero, regresar a la escena. Describir lo que vemos, no lo que opinamos. Mirar los muñecos en lugar de mirar al cliente.
Este movimiento puede durar apenas unos segundos. No interrumpe la sesión. Protege la calidad de nuestra mirada y devuelve el espacio a la persona que acompañamos.
El cansancio: una señal que merece ser escuchada
El cansancio en el terapeuta suele interpretarse como falta de energía. Muchas veces es otra cosa.
Puede ser una señal de que estamos cargando con contenido que no nos pertenece. Puede indicar que hay una dinámica del cliente que se repite en otros casos y que nuestro sistema empieza a saturarse. Puede mostrar que nuestra agenda está pidiendo revisión.
El cansancio selectivo es especialmente revelador. Cuando siempre terminamos agotados tras sesiones con un determinado perfil de cliente, o tras tratar un determinado tema, ahí hay información valiosa. No es casualidad.
He aprendido a diferenciar el cansancio normal de una jornada larga del cansancio que aparece pegado a ciertos casos. El primero se recupera con descanso. El segundo necesita otra cosa: supervisión, movimiento propio, a veces un descanso entre sesiones distinto del habitual.
Escuchar el cansancio es una forma de cuidar la profesión. Ignorarlo es el camino directo al desgaste.
El cuerpo del terapeuta como brújula
Durante la sesión, nuestro cuerpo recoge información que la mente todavía no ha procesado.
Una tensión en los hombros. Una respiración más corta. Un peso en el pecho. Ganas de moverse sin motivo. Somnolencia repentina.
Cuando empecé a prestar atención a estas señales, mi trabajo cambió. Dejé de verlas como distracciones y empecé a leerlas como datos del campo. A veces me indican que el cliente está tocando un tema importante. Otras veces me avisan de que mi propio sistema se ha activado.
El terapeuta que se observa a sí mismo durante la sesión trabaja con mucha más precisión. No desde la mente, sino desde una presencia corporal que registra lo que ocurre en el espacio.
El valor de los espacios entre sesiones
Los minutos entre un cliente y el siguiente no son tiempo muerto. Son espacio de recuperación.
Pocos minutos bastan para volver al propio eje. Respirar. Soltar lo que no es nuestro. Reconocer si algo se ha quedado pegado del caso anterior. A veces es útil colocar dos muñecos encima de la mesa y simbolizar ese tránsito: uno para el cliente que se fue, otro para mí que me quedo.
La ausencia de estos espacios es una de las causas más frecuentes de cansancio profesional. El sistema nervioso necesita pausas para transitar entre historias distintas.
Una agenda que respeta estos intervalos protege al terapeuta y protege a los clientes que vienen después.
Cuándo la supervisión deja de ser opcional
La supervisión es parte estructural del trabajo.
Hay momentos en los que su necesidad se hace evidente. Cuando el rechazo aparece repetidamente con un perfil de cliente. Cuando el juicio se activa con facilidad en determinados temas. O cuando terminamos agotados tras ciertas sesiones específicas.
La supervisión ofrece una mirada externa que no podemos darnos a nosotros mismos. Permite distinguir lo que nos pertenece de lo que pertenece al cliente. Aporta orden cuando nuestro trabajo empieza a volverse confuso.
No supervisar por miedo a mostrar vulnerabilidad acaba teniendo un coste mayor. El terapeuta que se revisa con regularidad gana claridad y sostenibilidad.
Los muñecos también sirven para nuestro propio proceso
Los muñecos son una herramienta para el cliente. Y también pueden serlo para nosotros.
En supervisión, colocar figuras que representen al cliente, su sistema y al propio terapeuta nos permite ver la escena desde fuera. Aparecen detalles que desde dentro del rol no se perciben.
Podemos observar dónde estamos nosotros en relación al cliente. Si hay una distancia correcta. Si aparece una cercanía excesiva. Si estamos ocupando un lugar sistémico que no nos corresponde.
Esta práctica aporta claridad y ordena internamente. Reduce la carga emocional y mejora la calidad del acompañamiento. Lo simbólico también funciona para el terapeuta, no solo para quien trae la consulta.
La diferencia entre acompañar y absorber
Uno de los aprendizajes más importantes en esta profesión es distinguir entre acompañar y absorber.
Acompañar significa estar presente, observar, sostener, preguntar y permitir. El cliente hace su proceso. Nosotros cuidamos el marco.
Absorber es otra cosa. Es llevarnos el contenido fuera de la sesión. Pensar en el caso durante días. Sentir emociones del otro como si fueran nuestras. Cuando absorbemos, aparece el cansancio. A veces también el rechazo, porque nuestro sistema empieza a protegerse.
La claridad en esta diferencia sostiene la práctica a largo plazo. Sin ella, el desgaste es cuestión de tiempo.
Cuidar al terapeuta es cuidar al cliente
Lo que tocamos en los clientes pasa primero por nosotros. Nuestra claridad interna es el filtro. Nuestra mirada es el instrumento.
Por eso, cuidarte como terapeuta es parte del método. Una agenda equilibrada, supervisión regular, espacios entre sesiones, formación continuada y revisión del propio sistema familiar son tan importantes como la técnica que utilizamos.
El rechazo, el juicio y el cansancio aparecerán. Forman parte del oficio. Lo que marca la diferencia es cómo los reconocemos y qué hacemos con ellos.
Cuando los miramos sin miedo, dejan de ser obstáculos y se convierten en guías. Nos enseñan dónde está nuestra historia. Nos muestran qué parte del campo se ha activado. Y nos devuelven, una y otra vez, al lugar desde el que realmente podemos acompañar.
Preguntas frecuentes
¿Es normal sentir rechazo hacia un cliente?
Sí, es más habitual de lo que parece. Puede ser información del campo sistémico o una activación de nuestra propia historia. Lo importante no es evitarlo, sino reconocerlo a tiempo y trabajarlo en supervisión.
¿Cómo distingo el cansancio profesional del agotamiento emocional?
El cansancio profesional se recupera con descanso. El agotamiento emocional persiste, se acumula y suele aparecer ligado a determinados casos. Cuando notas que ciertas sesiones te dejan siempre agotado, ahí hay información.
¿Qué hago si aparece un juicio interno hacia mi cliente?
Reconócelo sin juzgarte por tenerlo. Respira, vuelve al cuerpo y regresa a la escena. Si el juicio se repite con clientes distintos en temas parecidos, llévalo a supervisión.
¿La supervisión es necesaria aunque lleve muchos años trabajando?
Sí. La experiencia no sustituye la mirada externa. La supervisión acompaña al terapeuta en cualquier etapa de su carrera y protege la calidad del trabajo.
¿Los muñecos también sirven para trabajar el propio sistema del terapeuta?
Sí. Colocar figuras en supervisión permite ver la escena desde fuera y detectar dinámicas internas que no se perciben desde el rol. Es una de las aplicaciones más potentes de la herramienta en el cuidado profesional.
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